Ni de noche ni de día



No saben cuánto les agradezco la compañía. Más aún cuando la lavadora emite su sonido moderno semejando una nave extraterrestre, mientras la familia produce el choque de las tazas de té con los platillos, el tenedor raspando la vajilla, la cerveza cayendo espumosa dentro del vaso, la televisión encendida vuelta zumbido. Como participando yo mismo en esos encuentros, me detengo frente a la pandereta y pego mi oído, sin que me importe su dureza ni la pintura blanca sobre mi cara, intentando abarcar al máximo las vidas del otro lado. Durante el verano, dejo la ventana un poco más abierta para escuchar con claridad sus proyectos y problemas, un canto que me permite alcanzar el sueño tranquilo y mantener alejada la miseria. Mientras esté la luz encendida o sienta el murmullo de sus voces, profundo será mi respiro, equilibrada permanecerá mi alma y las ramas del árbol parecerán detenidas justo frente a mis ojos.
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Chillanejo, contundente y de antaño



Los antiguos chillanejos lo conocen con el nombre de Pensión Valdés, pero su nombre oficial ahora se antecede con la palabra Restaurante. No pude corroborarlo, pero imagino que se remonta a los tiempos en que, junto a la comida, también ofrecía alojamiento. Según reza un letrero, su existencia data de mediados de los cincuenta por lo que es parte indeleble de la ciudad. No por nada fue la primera recomendación de la dependiente de un puesto en la misma estación de trenes. A unas cuadras del disgregado Mercado de Chillán -en Maipón esquina Sargento Aldea, número 897-, el lugar es una construcción de esquina, de fachada colorada y techo bajo, arrinconada por el abrazo de un supermercado y los punteos de un quiosco, una tornería y puestos callejeros. Cuenta con una entrada pequeña que conduce a una sala repleta de mesas y sillas hasta bien el fondo. La cocina y el bar en un costado, con fotos de los diferentes platos resaltando con luces desde lo alto, están dispuestos de manera de facilitar el libre tránsito de ágiles y diligentes garzones de camisa blanca y humita. Dada la concurrencia, cerca de la una de la tarde, todo se vuelve insuficiente y los más perseverantes esperan de pie, con ojo carnívoro, la primera mesa liberada, para no correr el riesgo de que sus opciones se encuentren agotadas. Con amplia variedad de comidas criollas, la Pensión Valdés reivindica secretos culinarios de antaño, simples pero contundentes. Esta vez, como acto de justicia, nos detendremos en el mejor plato de tallarines con salsa de tomates de los últimos tiempos. A diferencia de las pastas escuálidas flotando en un líquido insípido, con predilección por las camisas planchadas de oficinistas en horario de colación, el secreto acá se encuentra en una salsa revuelta, fija y cremosa, en abrazo perfecto con estos compadres blandos y delgados que le debemos a Marco Polo. Si le agregamos al plato cierto reposo de horas que linda con lo añejo, tanto mejor. A lo anterior se suma el aporte genuino de la hoja de laurel, que todo lo impregna con su toque familiar, de amigo reconocido, recibido cualquier día de semana, sin necesidad de invitación, entre medio de las labores domésticas. En este caso particular, lo acompañamos de pechuga a la plancha, pero su ductilidad le permite asociarse con el bistec, el huevo frito, la ensalada chilena (tomate y cebolla), aparejado de la marraqueta caliente y miguda (pan), choricillo y, si el estómago acompaña, una porción de papas fritas. Sin duda, un deleite que se renueva en cada enrollada del tenedor y que remonta a los días en que estos tallarines revueltos con salsa eran la alegría de mitad de semana, en cualquier lugar de Chile, cuando madres, tías y abuelas se pasaban buena parte de sus vidas en la cocina recomponiendo el mundo.
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La recién llegada

Perteneció a mi madre. Dada la ausencia de juguetes en su infancia, apenas tuvo su primer sueldo de secretaria, se obsequió a sí misma esta muñequita de belleza morenísima. Data del Valparaíso de mediados de los sesentas, de los productos exclusivos obtenidos en tiendas cercanas al puerto. Menuda como la ven, sobrevivió a cambios, traslados, costureros, cajas, cajones, roperos y bolsas plásticas. Mas no así su ropa original por lo que se le adaptaron tiritas brillantes en el cuello y en la falda que le quedaron a la perfección, como si siempre las hubiese llevado consigo. Mi condición de niño no me permitió conocerla en demasía, siempre me correteaban con palmetazos en las manos si me acercaba más de lo debido a contemplarla. De habérmelo permitido, habría recurrido a un respetuoso trato de género con mis otros juguetes. La presencia de una heroína no habría estado mal, tampoco una novia para soldados, vaqueros y astronautas. Mi hermana logró rescatarla de todo ese trajín y guardarla en su departamento. En el último fin de semana, con ojos de poco convencimiento -y los míos de pescado-, me cedió a la belleza morenísima para que ocupara un espacio en el rincón de la nostalgía. Ahí, conservando su hechura primaria, con terminaciones adelantadas a la época, se luce detrás del cristal como la recién llegada que es. 
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Nuestros trapos a relucir

Cuando invocamos su apodo, se vienen a la memoria sus ojos saltones, su nariz quebrada, su pelo crespo y caído –muy al estilo new wave de esos años- y su esqueleto tembloroso ante la inminente golpiza que recibiría sin merecerlo. Apenas fueron unos años -intensos, hormonales, animalescos, crueles-, los últimos antes de egresar de media. Cuando contar con una mascota dentro de la sala de clases provocaba un sádico placer, un desahogo ante las primeras frustraciones de la vida.

A principios de los 90, la palabra bullying aún no se ponía de moda ni contaba con la carga bien pensante de hoy. A lo más, alguna madre reprobando lo que el curso hacía a ese pobre niño. O un padre sentenciando que, de recibir un golpe, había que devolverlo como única manera de sobrevivir, pues más adelante la cosa se ponía peor.

Sin ser un genio, se las arregló para superar las barreras académicas propias de un colegio particular. Todo un mérito, si se piensa que en el intertanto caían sobre él -cual aerolitos de inspiración maletera, neurótica y cobardona-, combos, patadas, escupos, palmetazos o coscorrones. Algo para desconcertar a cualquiera, más aún si se creía en la justicia de un dios todopoderoso que brillaba por su ausencia. 

No nos tomó por sorpresa que se volviera un abogado de la plaza experto en temas varios. Tampoco un opinólogo fervoroso de las redes sociales (salvo Twitter, cuenta que debió cerrar por misteriosos motivos). O un académico de la pontificia, con publicaciones usadas como material de consulta en universidades privadas. Menos su actual condición de político derechista, pues desde imberbe defendió la barbaridades de Pinochet y los suyos (hoy matiza sus alabanzas al tirano y sólo se vuelve fanático cuando se trata de promover el libre mercado o a Piñera y de emporcar los actos de Bachelet). Menos su frustrado intento por convertirse en animador de televisión, habiéndolo visto, con uniforme del instituto, imitar a un vendedor ambulante en la vereda de Alameda esquina Portugal. 

Sí sorprende que su nombre aparezca vinculado a hechos tránsfugas, a dineros mal habidos, no devueltos, arribismo y estafas. En el listado de víctimas figuran –más sorprende aún- sus amigos cercanos, hermanos de parroquia, antiguos protectores, compañeros de ruta, socios de pastoral. Si los autores de las golpizas -recordados aún con nombre, apellido y piel en tinta-, mordieron o no el anzuelo, no existen antecedentes. Pero tampoco se descartan. El reencuentro es con algunos afectados, todos buenos muchachos, de credo y doctrina social de la iglesia. Hablan desde el dolor y reclaman desde el sinsentido. Cayeron en la generosidad con un poco de buen verso, de pomada bien elaborada. De regreso sólo recibieron excusas varias, enfermedades de seres queridos, aprietos económicos, vacas flacas, desalojos, demandas, desconocidas, mentiras, derroche y una vida fastuosa con letras impagas. Del dinero facilitado, nada. Hablan de perdonar, pero no de olvidar. Tanta frescura no puede quedar impune. 

Tal vez se trate de su particular venganza. Nos recuerda con una gran tijera entre sus manos, recortándonos con el mismo molde y lanzándonos al tacho de la basura. O con una gran bacinica con nosotros en el fondo, donde toma asiento, apunta y dispara sin distinción. Hacia aquel que sonrió en un rincón, al que aplaudió, al que miró para el lado, al que pudo ayudarlo pero no quiso y al que jugó a matón de mala muerte. Había que salir ileso de esos años para afrontar la vida de afuera. Salvo él, que respiró aliviado cuando ya no tuvo que soportar otro lunes más de vejámenes. El mejor regalo en su graduación fue que llegara 1991 para no vernos más a la cara o al menos con la suya protegida por el antifaz del embuste.
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Rastro de demonio


Junto con La Momia, mi favorito. No alcancé a conocerlo campeón, pero mi padre me aseguró que sí lo fue. En una versión perdida de Titanes del Ring de principios de los 70. Aún más, habría derrotado al mismísimo Batman de una de las formas más humillantes inventadas en la lucha libre: el duelo de máscaras. Yo sólo pude verlo convertido en villano en las temporadas 81 y 82. Black Demon aparecía del interior de un pasadizo, con una música tenebrosa de fondo, sin que nadie le cantara canción o himno alguno. Entre columnas de plumavit, levantaba una capa púrpura a modo de un par de alas. Ese gesto bastaba para provocar un pifiadera descomunal desde las graderías de cartón piedra. Y parecía disfrutarlo. Aunque de una forma menos histriónica que La Momia, más bien para sí mismo.

Malla negra, cinturón grueso, guantes y una máscara cerrada. La cámara enfocando un rostro que alternaba la oscuridad con rayos blancos alrededor de la boca, nariz y ojos móviles. Siempre lo ponían enfrente de luchadores "buenos". Triunfadores de Perogrullo, héroes de galucha y, lo que es peor, sin máscara. Siempre, de una u otra forma, lo hacían perder. Nunca supe de dónde sacó esos cuatro o cinco puntos con que figuraba en la tabla de posiciones. Tampoco el origen de esas misteriosas “desapariciones” en algunos capítulos del programa. Echaba de menos sus estragos. Lo sabía capaz de mucho más, pero la popularidad no lo acompañaba.

Hice mías sus batallas. Ágil y acorazado, Black Demon apenas disimulaba la barriga debajo del traje ajustado. Peleaba agazapado y medio encogido. Sus guantes llevaban las letras B y D bordadas en los puños. También su cinturón. Se hacía rebotar en las cuerdas para lanzarse, con impulso, sobre su oponente -parado en el centro del cuadrilátero, despistado- con las piernas como tijera. Recurría al codazo, la patada voladora, las llaves, el ahogo y a decenas de técnicas bajo la manga. Antes que caer derrotado con los tres segundos de la plancha, se daba el lujo de zamarrear de buena forma a su oponente. Rozando el reglamento, al borde de la descalificación, levantaba los brazos declarándose ganador. Sólo yo celebraba. Solía aparecer en peleas de duplas acompañado de su socio Ángel Blanco. Fue uno de los que regresó en la versión remozada y circense de los Titanes 2000. A pesar de la poca seriedad de los productores, continuó dándole dignidad a la villanía. Hoy intento seguirle la pista pero se me vuelve dificultoso. Nunca más lo vi en homenajes y recuentos. Hablan de él con su otra identidad: Gregorio Leopoldo Berríos. Dueño, durante un tiempo, de la marca Black Demon. Experto en artes marciales formado por un misterioso maestro japonés. El último catch. Forjador de nuevas generaciones. Alguien que rescató muchachos de la calle para enseñarles, en su propio gimnasio, los secretos de la lucha libre.

Donde quiera que se encuentre, me inclino ante el demonio negro.

Imagen: https://www.rockandwrestling.com/rwentrevista.php?id=240



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Malestar

Pasan los días y el rumor quejoso se vuelve más evidente. A luz de lo comentado con mis pares, podría definirlo como una neuralgia compartida. Ocurre en cualquier lugar donde uno esté y es posible oírlo desde las más insólitas ubicaciones. Desde la mañana hasta el anochecer, siempre reencarnado, multiplicado, renovado, ubicuo. Ahora se muestra como una voz insolente e invasiva, nacida en el fondo del pasillo del microbús. Son cerca de las siete de la mañana y casi nadie va despierto del todo. Pero la letanía, los celulares y los apretones volverán a cada uno de los pasajeros seres vivaces a la fuerza. Una especie de tapón humano en mitad de la carrocería impide avanzar demasiado, mas no hacer oídos sordos. Diviso a dos tipos sentados delante de la puerta trasera quienes, por sus vestimentas y pertenencias, parecen dedicarse al rubro de la construcción. Uno habla sin detenerse; el otro escucha y asiente con fervor. A pesar de toda la saliva gastada, el mensaje es único y acorde con los tiempos. Los políticos solo velan por ellos mismos, sus parientes y amigos. Para peor sus delitos siempre quedan impunes, recalca. En cambio, ay del pobre que se le ocurra robar alguna cosa, por chica que sea, son años de cárcel, se queja. Una señora, que refregó su trasero en mi bolso, hizo esfuerzos evidentes, un tanto obscenos, por avanzar más al fondo del microbús. A punta de empujones, pellizcos, cabezazos, lo logra. Se detiene frente al par de hombres apoltronados en la carrocería. Hace evidente su cansancio con el rostro y el cuerpo. Los tipos siguen en lo suyo. El monologante reclama que cuando estaba bien económicamente, todos sus amigos lo rodeaban –como la señora, cada vez más encima de él-, pero ahora que está mal, nadie lo ayuda. Que tiene un hijo que quiere estudiar en la universidad, pero es un flojo rematado que no levanta ni un plato de la mesa. Como él su trasero, pienso. La señora flexiona sus rodillas, se carga hacia un lado y luego al otro, hasta que logra pasar a llevar al parlanchín de la orilla, justo en el momento en que sentencia que la juventud va por mal camino. Se interrumpe, mira de arriba hacia abajo a la señora, se muerde el labio y se cruza de brazos. Le pregunta a su compañero en qué estaban y se larga de nuevo al parloteo. Yo me bajo más cansado que cuando subí.    
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Laguna


A mitad del predio que colinda con la población, el exceso de lluvias formó una espontánea laguna que se desplegó hasta los bordes de ambos lados de la cuenca. Junto a nosotros quedaron los sembrados de hortalizas, parras, senderos y árboles. Al frente, la base de los cerros que separan la ciudad del interior. Al medio del agua, una isla muy pareja que semejaba el lomo de un perro sumergido. No tardé en darle un sentido de pertenencia a este regalo inesperado e invernal. Por las tardes, después del trabajo, adopté el hábito de sentarme sobre una piedra para degustar una cena improvisada, unas copitas de vino blanco, restos de tabaco y algún libro ligero, mientras el pequeño oleaje se deshacía a centímetros de mis zapatones. Con el paso de los días, se sumaron unos niños que, al principio, sólo miraban con curiosidad y después bromeaban lanzando mi sombrero hacia la corriente, pero desviándolo hacia unas ramas. Recuerdo a las tres dueñas de casa que cambiaron los tragamonedas por el desafío de quién hacía rebotar más veces una piedra sobre el agua. Más tarde, un padre de familia endeudado que le sentaba bien el aire puro. Varios ancianos dados de baja por los suyos, buscando compañía sin importarles el frío y la garúa. Vecinos de otras cuadras incrédulos de esta nueva “obra” que no necesitó gestión alguna del alcalde en ejercicio. El grupo lo cerraban tres perros y una pareja de gatos moviéndose a sus anchas por los arbustos intentando darle caza a las ranas y conejos. Pasadas las horas, veíamos en conjunto descender al sol por el borde del cerro hasta desaparecer completamente. En la penumbra, alguien comentaba que, en otros tiempos, cuando el río era navegable, el agua seguía mucho más allá de donde estábamos ubicados nosotros. La laguna - complementaba otro- no correspondía a un fenómeno sobrenatural, sino sólo a la recuperación del curso de las aguas. Yo recordé como en mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias flanqueadas por muros de manzanilla, sin ninguna cerca, alambrada o sequía que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa. Cuando me cuezo vivo por el centro de la ciudad, evoco con nostalgia ese tiempo. Si no fuera por los testigos, creería que todo fue inventado por la soledad.
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Rescate



Dos pequeñas gemas de un Santiago que nos sobrevive. Una de pasado industrial, de siglo extinto y otra añejando gotitas de agua brotando de una cañería oxidada. Ambas adornando jardineras espontáneas, de estética obsoleta, rural, entrañable, que bordean tantas veredas barriales junto a cactus, madreselvas, rudas, arbustos, maceteros, improvisación y malecitas. El mapa resulta infalible: Teniente Bergmann esquina Radal, comuna de Quinta Normal. 
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Nudo ciego


El centro comercial, refugio masivo de las últimas horas de calor dominguero. Me distraigo con tu llanto mañoso, nada diferente al llanto de los otros pequeñajos paseando junto a sus padres por los pasillos del patio de comida. Ellos -jóvenes, agobiados, ojerosos, distribuyendo sus escasas fuerzas entre tú y tu hermano-, apenas levantan la vista para contemplarte sin decir nada. A lo sumo un gesto de “ya está bueno, Isidora, deja de lloriquear”, acostumbrados como están a que procedas así cuando las cosas no salen como quieres. Mientras tanto, y sin que se percaten, yo sonrío. Por tu inconformidad sin sentido. Por tus protestas recreativas. Por tu chupeteo a la paleta de helado rosado y cremoso, salpicando a padres, hermano, mesa, silla y el infaltable suelo. El contenido de mi propia bandeja -una caja de pollo apanado, aderezos y una Coca-Cola con hielo- me exige estar en armonía con el entorno. Por eso regreso hacia tu mesa en busca de más vida. Pero me encuentro con tu otrora llanto volviéndose leves quejidos que van disminuyendo en intensidad hasta cesar completamente. Tus pupilas en ascenso se pierden en cuestión de segundos en un falso infinito. Ese pequeño gesto de desorientación, que da cuenta de tu ceguera – ¿total?, ¿parcial? lo ignoro -, hace que me nazca, junto al nudo en la garganta, una compasión mayúscula e insoportable. Nacen por ti, por el sufrimiento que acumulas a cuestas, por quienes te acompañan, por la humanidad entera... Detrás de los cristales de mis lentes, sin que nadie se percate, dejó que mis ojos hagan lo que quieran.
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Berrinche a la Romualdo

Romualdo era histérico, extrovertido, gritón y movedizo. No le prestaba atención a las situaciones más de cinco segundos, a menos que fuesen algo que él considerara relevante. Al confundir mi angustia con seriedad, decidió apodarme "profesor". De vez en cuando, nuestros turnos coincidían en algún reporteo por Talca. 

A diferencia del resto de sus colegas, Romualdo sabía separar la amistad del trabajo y siempre se comportaba de manera profesional: llegaba a la hora convenida, inmortalizaba con precisión la noticia con el lente de su cámara y después revisaba con ojo crítico los negativos en el cuarto oscuro. Cuando la tecnología llegó al diario, este proceso lo hacía frente a la pantalla del computador, alternando el teclado y el mouse con su bandeja de colación. Su permanente neurosis volvía sus movimientos tensos, rígidos y robóticos. “Tranquilo, profesor, tranquilo”, repetía para darse confianza mientras la cámara, los rollos, el chip o los discos compactos temblaban en sus manos, pero sin que se le resbalasen al suelo.

Recuerdo cuando un editor nos envió a última hora a cubrir una noticia sobre la contaminación provocada por una empresa en las afueras de Talca. Llegamos alrededor de las cuatro de la tarde y fuimos obligados a detenernos frente a un oscuro portón de hierro. El chofer del móvil, al percatarse que estaba a cinco minutos de su hora de salida y que la espera se dilataría más de ese tiempo, nos conminó a bajar del vehículo. Movió el embrague, el cambio y el volante, dio media vuelta y aceleró de regreso a la ciudad, dejándonos de recuerdo una gran nube de humo y polvo que no tardó en envolvernos. Romualdo reaccionó dando brincos de mono amaestrado intentando alzarse por sobre la nube y así gritarle maldiciones al chofer del móvil que se perdía en la distancia. Testigos de este berrinche fueron el sol, los cerros, la vegetación silvestre, los insectos, las aves, uno que otro zorro o puma vigilando desde lo alto y las aguas del río coloreadas de verde por los residuos. Mientras tanto, yo usaba mi libreta de apuntes para lanzarme un poco de aire esperando que el gerente de marketing se diera la molestia de recibirnos.
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